viernes, 7 de julio de 2017

El callejón felino 14

14
Un encuentro seguro (1).
Me entretuve mirando por la ventana que daba a un patio interior comunitario. Desde allí podía ver con claridad que de las cuerdas que en algún momento de este siglo había colgado ropa lavada, ahora la brisa mecía, no sin esfuerzo, tiras y tiras de pasta que se secaban lentamente. Las lavanderas habían dejado paso a los tejedores de arroz. Sin embargo, bajo aquel entramado de cereal no parecía haber vida, al menos a aquella hora de la mañana, en la que tan solo se podían distinguir al oído débiles chasquidos semejantes a los que producen los ratones al correr por los falsos techos de una casa. Todo aquel mundo de quietud aparente, que a un gato le habría despertado el instinto de cazador, a mí comenzaba a producirme cierto sopor. Tras jugar unos cuantos solitarios, único extra que parecía soportar mi nuevo mejor amigo, me decidí a abandonar aquel lugar, si es que no me habían dejado encerrada en aquel cuartucho. Estaba a punto de girar el picaporte cuando la puerta se abrió repentinamente golpeándome en medio de la cara. Lo último que vi antes de que todo se fundiera en negro, fue a la enfermera intentando agarrarme.

Lo primero que intuí, más que vi, cuando volví en mí, fue sus rasgos borrosos justo encima de mi rostro. Lo segundo que asaltó mis sentidos fue el dolor recurrente y punzante en mi nariz. Lo tercero fue un sabor extraño que abarcaba toda mi boca. Lo cuarto, cuando mis ojos fueron capaces de recuperar la nitidez, fue una estancia diferente y extraña, más decorada, que nada tenía que ver con la anterior.
- ¿Estás bien a pesar del dolor? Ha sido un comienzo de reencuentro un tanto desafortunado.- Sonreí, al menos, intenté una mueca cuyo dolor me obligó a cerrar los ojos unos instantes.- No fuerces. No tienes nada roto, pero sí te has llevado un buen golpe.
- Debe gustarte verme en posición horizontal.- Intuí una sonrisa de nuevo entre borrones.
- Probablemente. Aunque a mis amigos chinos no les ha hecho ninguna gracia. Siento que llegaras hasta aquí de esta forma.
- ¿Aún estamos en esa especie de ciudadela?
- No. Estamos en casa de un amigo médico. Había que comprobar tu estado y un centro oficial no es seguro.
- Sí, eso ya me lo dejaste claro. Lo que no consigo ver con claridad, aparte de tu rostro, es tu relación con esos chinos.
- Deberías descansar hasta que te baje la inflamación y el dolor desaparezca. Esa es una historia larga y no quiero que te fatigues. Aquí estás a salvo.- Intenté protestar sin éxito. Ni siquiera me permitió explicar que me había refugiado en un lugar seguro.- Vendré por la mañana.- Salió de la habitación al tiempo del sonido de la última sílaba. Intenté incorporarme sin conseguir más que un mareo seguido de una fatiga que me obligó a acostarme de nuevo. Recorrí la estancia con la mirada hasta quedarme dormida.
Me despertó el sonido de la puerta. Supuse que era por la mañana porque la enfermera estaba allí. Dejó algo en el escritorio medio iluminado por el sol y se acercó hasta la cama. Sonreía.
- ¡Buenos días!- Me ayudó a incorporarme de forma mecánica y acercó la bandeja hasta la mesilla de noche.- Lo primero es lo primero, desayunar y tomar la medicación, porque supongo que aún tienes dolor.- Asentí con un algo de desconfianza que debió notar al vuelo.- No te preocupes, aquí nadie tiene interés porque desaparezcas.- Comí lo más lentamente de lo que fui capaz. Me gustaba tenerla allí cerca deambulando por la habitación.
- No sé tu nombre.- Me miró dubitativa.- No hace falta que me des tu nombre real. Con uno ficticio que no me obligue a recordarte o dirigirme a ti por tu profesión es suficiente. Puedo escogerlo yo y me dices si te parece bien.- Se dejó caer en la butaca, cruzó las piernas, apoyó la mejilla en la palma de su mano y me miró expectante.- Ángela estaría bien.
- ¿Por qué crees que ese está bien?
- Eres un poco ángel de la guarda, menos en el barrio chino, aunque puedo pensar que fue una maniobra para sacarme de algún peligro.- Sonrió mientras retiraba la bandeja.- Ahí el único peligro es que se te achinen los ojos comiendo arroz.- Me tendió la  mano.- ¡Vamos! Una ducha te vendrá bien. Cuando termines hablaremos sobre los chinos, los españoles, los médicos y los ángeles de la guarda.- Mientras caminábamos hacia el baño, mi mente se entretuvo, no en observar lo que tenía alrededor, sino en imaginar una ducha compartida con aquella mujer. Como en la mayoría de los casos reales, al llegar a la habitación en cuestión el sueño se esfumó. Para tener sexo no era necesario intercambiar nombres, pero a quién quería engañar, si no tenía interés en darme el suyo, que no sería del resto de su persona. Resoplé resignada y me entretuve lo menos posible en asearme, mi curiosidad seguía intacta. Volví al dormitorio sin prestar atención a los detalles del camino, aunque tampoco había mucho que resaltar en aquellas paredes casi desnudas y blancas. Me esperaba sentada en el mismo sillón.
- ¿Mejor?- Asentí y me tumbé en la cama despacio fingiendo dolor y cansancio. No quería que me echaran de aquel paraíso tan pronto.- Bien. Lo primero es lo primero. Mi nombre es Soledad, pero si prefieres el que has imaginado para mí, por mí está bien.
- Soledad está bien. Está bien porque es tu nombre real, supongo, y puedo imaginar igualmente que eres un ángel aunque lleves ese nombre y no el que he ideado para ti.
- Sí que es el real. Supongo que querrás saber primero que nada por qué terminaste en el barrio chino.- Asentí con un gesto. Lo primero que quería saber en realidad era si por su mente se paseaba la idea de compartir una ducha algún día, ahora que ya conocía su nombre.- Llegué a ellos por casualidad. Yo sí que debería hablar de ángel de la guarda sobre la pescadera, salvó mi vida sin saber el peligro que podía suponerle. Pero la historia no comienza ahí, hace apenas nueve meses. La historia comienza hace cuatro años cuando yo ejercía en una clínica muy muy lejana y un buen doctor me ofreció un puesto en su modesta clínica privada.- Me acomodé aún más en la cama. El relato prometía. Me sentí como la única espectadora en la sesión golfa de un thriller asfixiante.- Lógicamente acepté, no quería envejecer en aquella ciudad provinciana. Me trasladé y empecé a trabajar en mi nuevo destino. Día tras día cumplía mi horario sin sospechar que allí pudiera ocurrir algo extraño, sin caer en la cuenta de que no hacía guardias ni noches.

4 comentarios:

  1. Qué bien se te da en ir desvelando poco a poco los personajes, como Soledad, que me da a mí que va a dar mucho juego.
    Me quedo con la intriga de saber qué pasa con los chinos.
    Un beso, Mª Jesús.

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    1. Gracias por tu visita y tu comentario, amiga Ana. Me alegra que te haya gustado y haber conseguido que la intriga no baje.
      Abrazo!!!!!

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  2. Sigue la intriga, que presiento dará para mucho.
    Debo reconocer que esta vez me ha costado un poco ponerme al día, pues el tiempo transcurrido desde la última entrega ha jugado en mi contra. No obstante, a medida que iba leyendo, los oscuros nubarrones se han ido aclarando. Espero que, del mismo modo, se vaya aclarando la trama, que sigue en su punto ideal de suspense.
    Un abrazo.

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    1. Gracias por pasar, Josep. Se acerca el final de esta historia que se ha alargado, creo que demasiado, entre otras cosas porque últimamente no puedo dedicar tanto tiempo a esto, ya me gustaría a mí que fuera de otro modo.
      Abrazo!!!!

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